“Alejandro Albornoz, una enorme oscuridad” Por Rodrigo Araya

“Albornoz fue un artista ochentero, ilustrador, pintor y comiquero. Un grueso considerable de su obra decantó en esta expresión contracultural, el cómic, sobre todo el de adultos.”

A la obra de Alejandro Albornoz, “El Negro”, solo puedo describirla como el desencanto de un talento inmenso y desconocido.

Nacido en la ciudad de Talca, Alejandro llegó a la capital a la edad de 17 o 18 años, avecindándose en la aún rural y precordillerana comuna de La Reina, donde vivió hasta sus últimos años. Albornoz fue un artista ochentero, ilustrador, pintor y comiquero. Un grueso considerable de su obra decantó en esta expresión contracultural, el cómic, sobre todo el de adultos.  Sus primeras publicaciones las realizó en la desconocida y underground revista Sudacas + Turbios, junto a su entrañable amigo Jordi Lloret, con quien vivió y compartió innumerables actividades en el mítico galpón de Matucana 19, en la populosa comuna de Estación Central. Este lugar, además, fue su casa y hogar.

Alejandro publicó sus excéntricas y oscuras historias en las revistas Matucana y Trauko, y se destacó en una generación plagada de talentos y particularidades. Autores como Felva, Lautaro, Clamton, Vicho, Fuentealba, Karto, Yoyo y Maliki, por nombrar a algunos, fueron parte de esta potente oleada de artistas de la historieta. Cabe recordar que hubo un espontáneo y mítico boom de publicaciones que surgieron a mediados y fines de los años 80 en Chile como una explosiva respuesta gráfica a la Dictadura. Albornoz también publicó chistes y portadas en la revista política Cauce, parte del mismo boom, pero de orden político. En este caso, firmaba con pseudónimo, pues la persecución a artistas en aquellos años era innegable, más aún a quienes participaban en cualquier área de publicaciones políticas de contracultura.


                                           Fin de siglo (1987). Gentileza familia de Alejandro AlbornozA mediados del año 2016, lo fui a visitar a su sempiterna casa de La Reina. Estaba enfermo, no recuerdo de qué enfermedad. Ya no trabajaba, pero seguía dibujando y/o ilustrando mujeres desnudas, probando técnicas solo para su placer personal, como una eterna pasarela de modelos de pin ups oscuras y bizarras. La intención de aquella visita, gestionada por Lloret, fue presentarle la posibilidad de publicar un compendio de su obra aparecida en revistas de cómics.  En un principio se mostró reacio, quizás por el padecimiento de la enfermedad que le aquejaba y que yo no dimensionaba a cabalidad. Gracias a un registro en video que hice de la conversación es que puedo recordar y revisar íntegramente esa jornada.

Me contó de sus inicios, de las lecturas de niño de revistas como la Okey, El Peneca y la política Topaze. Cuando vino a Santiago, ingresó a estudiar Artes Plásticas cuando las clases se impartían al costado del Museo Nacional de Bellas Artes, en el Parque Forestal. Las ilustraciones de German Arestizábal le impresionaron muchísimo, sin embargo, al poco andar cayó en cuenta que las historietas eran más consumidas por la gente que el “arte de museo”. Posteriormente, fue testigo de la aparición de suplementos de historietas en los kioskos (como Enciclopedia del Cómic) y de cómo hacerlos. Tal advenimiento tuvo como consecuencia que su acercamiento a este lenguaje artístico se volviera real. Con la aparición de Lloret en esta ecuación, el problema se zanjó. En el año 84, ya estaba publicando en Sudacas + Turbio y su última publicación fue en la Trauko, en el año 91.

Como el oficio de comiquero nunca dio para comer en este país, Alejandro Albornoz tuvo que dedicarse a otros menesteres como la realización publicitaria, ilustración de libros escolares y elaboración de diversos afiches, entre los que destaca el de una obra de teatro junto a Enrique Lihn. También fue facilitador de talleres de cómic en los míticos Talleres 619 de calle Monjitas. Uno de sus proyectos no concretado, pero de interesante factura, fue la confección de minuciosas ilustraciones de la flora y fauna de Chile para los parques nacionales.

Dentro de esta historia y el contexto de enfermedad en que se encontraba en ese entonces, la propuesta de libro no logró estimularlo suficientemente para sacarlo de su eterno estado de desencanto. Expresó que “no hay obra”, que “los artistas en Chile no son peligrosos” y “evadimos hablar de la realidad”. Asimismo, argumentó que “uno no es una referencia de la imaginación, a no ser que sea muy bueno y se transforme en notable”. Su indiferencia, mezcla de decepción y aburrimiento con la cultura, era notoria. A Albornoz nunca le convenció la falsa democracia y los “años felices” de los 80, siempre fue oscuro, incluso manifestó: “a mí me va mal en el cuento de la vanguardia, por ser realista, entonces lo que quedaba para mí era el pop, que ya estaba un poquito saturado”.  Lo cierto es que su obra  es potente y descarnada, completamente alejada de otros exponentes de su época; lo suyo es adulto, erótico, maduro y depresivo. Se basa en sus propias experiencias y se nota el realismo en ello: cartas, amantes, amigas, oscuridad, moralejas y chistes tristes son parte de la gran diversidad de su obra publicada, de la que forma parte una adaptación de un cuento de Bukowski. Lo sorprendente es que en esa reunión compartió conmigo trabajos inéditos, unas maravillas encontradas al azar por mi inquietud ingenua.

La página tres de la historia Fin de siglo, publicada en la revista Matucana N°5 de la Nueva Época – año 1990, pero realizada en 1987- nos hace testigos de una historia oscura que ocurre en una noche cualquiera y concluye en un trágico final, desarrollado casi sin diálogos y con una atmósfera muy lynchiana. En la misma línea, se encuentra la página cuatro de la historia A los inocentes de un tiempo loco, publicada en Matucana N° 3 de la Nueva Época, en el año 1990. Cuenta con poco diálogo, situaciones extrañas, pornografía y oscuridad.

En estos trabajos desfilan personajes anónimos, descarnados, solitarios y tristes; no obstante, en las siguientes imágenes hay luz y espacios abiertos, como en la página dos de la historia Quédate conmigo, publicada en Matucana N° 2 de la Nueva Época, en 1990. Allí, una pareja se encuentra en la playa y, aunque están en un plan más bien romántico, los dibujos no están exentos de erotismo y surrealismo. En la página cinco de la historia Yo solo quiero, publicada en Trauko N° 35 del año 1991, nos encontramos con una historia sexual y directamente pornográfica, que habla de la experimentación de roles en la relación sexual hetero-normada, pero con la intención de salvaguardar el vacío existencial. Por último, Hola, publicada en Trauko N°30 de noviembre de 1990, narra en estilo epistolar el recuerdo  de una amada perdida. Esta historia fue publicada en una versión intervenida con goma de borrar, logrando un efecto que desvanece la sexualidad directa y apunta a la sensualidad, al mostrar fragmentos corporales desde una visión nublada.


                    A los inocentes de un tiempo loco (1990). Gentileza familia de Alejandro Albornoz


Este proyecto de libro posee un poco más de doscientas páginas y, pese a que el autor finalmente accedió a su publicación, aún no ve la luz. Una dificultad real es la poca aceptación que podría tener una propuesta como esta para los jurados de los concursos gubernamentales de cultura, cuyos criterios son “delicados”. La verdad es que seguimos con la idea de revelar este voluminoso libro de hermosa oscuridad. Alejandro falleció sin lograr ver su obra reunida en un volumen que la mereciera. En ello persistimos, esperando que su desencanto se haya aplacado en el más allá. Más valdrá tarde que nunca.



Rodrigo Araya Tacussis (1973)

Cineasta de la extinta Universidad Arcis. Es documentalista, investigador y guionista, a lo que suma edición de libros como la compilación Trauko; la mayoría de edad (2009), Si no tienes donde ir de Vicho Plaza (2011), Brutal Comix de Lautaro Parra (2013), Terremoto de Jordi Lloret y Héctor Labarca (2016), Kiky Bananas y otras historias de Karto Romero (2016) y  El Conde de Matucana de Ricardo Fuentealba (2016). Es autor junto a Jordi Lloret y Alfonso Godoy del libro Matucana 19; El garage de la resistencia cultural 1985-1991 (2019).  

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