Fotografía proporcionada por el editor.

NADA SIGNIFICA NADA de Carmen Avendaño: la brevedad desafiante de los aforemas

“Desde su título y portada, este libro desestabiliza la lectura y -justamente- obliga a detenerse y repensar. Adentrándose en sus páginas, la primera sensación que surge es la de haber entrado en contacto con la bitácora de un ojo que, mientras escudriña con verdadera prolijidad el mundo circundante, registra su visión particular de cada cosa, dando a conocer sus dimensiones desconocidas o redefiniéndolas, derechamente”

“Nada significa nada” de Carmen Avendaño: la brevedad desafiante de los aforemas 

    Desde sus orígenes, la tradición occidental del aforismo ha sido predominantemente masculina en su configuración misma, aún en aquellos escritos por mujeres. Por definición, se trata de expresiones invariablemente breves, concisas y coherentes cuya función es afirmar categóricamente verdades de distinta índole, por lo general, morales. Estrechamente emparentado con el proverbio y la máxima, el aforismo clausura cualquier alternativa distinta, inexactitud o duda, mostrándose inequívoco, absoluto. Es más, el hecho de que reciban también el nombre de sentencias refuerza este carácter.

Sin embargo, por fuera de esta concepción general del aforismo como frase para el bronce, se ha ido fraguando un cierto contracanon cada vez más visible. Obras en español como Voces de Antonio Porchia, El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein de Fredy Yezzed o Lenguaraz de Erika Martínez Cabrera representan una ruptura con el esquema de la sentencia y, por ende, de la moral. Aunque claramente disímiles entre sí, todas se articulan a partir de escritos fragmentarios en “otro” código: uno acéntrico, raro. Manteniendo solamente la brevedad, funcionan como la ultra concreción de un lenguaje poético que, por lo mismo, se difumina, se indefine o -en palabras de Shklovski- se “extraña”.

    A esta genealogía pertenece Nada significa nada (Ed. Moneda, 2019) de Carmen Avendaño (Santiago, 1976). Desde su título y portada, este libro desestabiliza la lectura y -justamente- obliga a detenerse y repensar. Adentrándose en sus páginas, la primera sensación que surge es la de haber entrado en contacto con la bitácora de un ojo que, mientras escudriña con verdadera prolijidad el mundo circundante, registra su visión particular de cada cosa, dando a conocer sus dimensiones desconocidas o redefiniéndolas, derechamente. Nada se escapa de esta revisión, ni siquiera la pornografía (“oficio grupal de los cuerpos y solitario de los corazones”), el boxeo (“dos verticales tratando de convertir a la otra en horizontal”) y los gatos (“me gusta cómo los gatos/se limpian la decepción del lomo/cómo se acicalan la dignidad”).

    Tampoco han quedado fuera los grandes temas de la cultura occidental. En esa línea, Dios (“Si develáramos a Dios como la madre que es/sería más fácil desobedecerle y amarle”); la religión (“No inventamos la religión/para consolarnos de la muerte/sino del albedrío”); la muerte (“Todo fuera como quitarse la vida/Yo preferiría quitarme la muerte); el amor (“el amor es el deseo fabulado”); y la sociedad (“¿Por qué la clase alta es alta?/Porque se para arriba de la baja?”) son sometidos a escrutinio todo el tiempo y desacralizados con agudísimo humor. 

    De esta manera, Nada significa nada oscila entre una aparente inocencia o candidez (“El bang bang te mata/ el Big Bang te crea”) y complejas reflexiones psicoanalíticas en dos o tres palabras (“Si la esencia del deseo es la insatisfacción/el deseo más real es el más irrealizable”). En cualquier caso, la escritura de Avendaño problematiza y tensiona. Es decir, al contrario del aforismo tradicional, no clausura, sino que abre toda una gama de posibilidades. 

    Con una inusual conciencia de sí mismo, este libro se encarga sostenidamente de explicitar su poética, dejando mucho más en claro lo que no es que lo que es y defendiéndose de antemano de cualquier etiquetado erróneo (“Que estos aforemas/ sean como nísperos/un color perfumado/acicates de la sed”). En esa misma línea, no cesa de reflexionar e ironizar en torno a las palabras (“Que las palabras sirvan/para pedir lo que queremos/es la renta que deben pagar/por vivir en nuestra boca”);  la poesía (“La poesía es el acto perverso de recrear la inocencia”); e incluso los poetas (“Me gusta ver en las olimpiadas por televisión/a esa gente que se pasa la vida preparando un salto/Parecen poetas”). Estas operaciones de subversión se extreman y completan con la anómala numeración de las propias páginas, que no siguen el orden lógico y ni siquiera se apegan a la “correcta” escritura de las cifras. 

    Sin duda alguna, estamos frente a una publicación que se inscribe dentro de una serie de obras recientes que reformulan al aforismo como expresión poética, explorando al máximo el amplio espectro de opciones que ofrece la brevedad. Al mismo tiempo, confirma la solidez y originalidad del trabajo que Carmen Avendaño ha ido construyendo casi secretamente durante las últimas dos décadas.

Cinco aforemas del libro “Nada significa nada” de Carmen Avendaño (Santiago, 1976)

*

Yo fui una niña brillante.

De haber permanecido en la infancia

hubiera tenido un gran porvenir.

Pornografía:

oficio grupal de los cuerpos y solitario de los corazones.

*

Cuando hago las cosas a tiempo

luego vuelvo sobre ellas y las miro:

parece que el tiempo las hizo en mi lugar.

*

Si develáramos a Dios como la madre que es

sería más fácil desobedecerle y amarle.

*

La razón de buscar significado a los sueños

es tener una coartada para contarlos.

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