ENTREVISTA A SOLEDAD FARIÑA: “Un libro ya no te pertenece al ser publicado”

Poeta y ensayista, Soledad Fariña (Antofagasta, 1943) irrumpió en la escena literaria chilena con El primer libro, en 1985, cuando contaba más de cuarenta años de edad y había regresado de su exilio en Suecia. Con esta publicación, sentó las bases de una prolífica obra poética que suma más de doce títulos y se caracteriza tanto por su permanente experimentación formal como por su constante indagatoria en la sexualidad femenina, la violencia y la espiritualidad, tendiendo claros puentes con las cosmovisiones andina y oriental. Paralelamente, ha cultivado el ensayo, la traducción y la docencia, dedicando estudios a las vanguardias y a la escritura de autoras chilenas y latinoamericanas. También fue una de las organizadoras del Primer Congreso de Literatura Femenina (1987) y ha participado en recitales y lecturas en Estados Unidos, España, México, Puerto Rico, Argentina y Ecuador, entre otros. En 2006, recibió la Beca Guggenheim y, en 2018, el Premio a la Trayectoria en el Festival de Poesía La Chascona. 

Durante las últimas décadas, su trabajo y su figura se han convertido en referentes para nuevas generaciones de lectores y escritores, lo que queda en evidencia con la amplia lista de reediciones y nuevas ediciones que han aparecido en los últimos dos años. Sobre esto conversamos con ella, durante una tarde calurosa de verano santiaguino, en el Parque Forestal. 

MC: Recientemente, se ha reeditado uno de sus libros menos conocidos: Otro cuento de pájaros (Las dos Fridas, 1999; Pez Espiral, 2021). Allí, tal como señala Damaris Calderón en la contraportada, su escritura “retoma motivos y procedimientos de su trilogía La vocal de la tierra y la proyecta hacia otros derroteros”. En efecto, nos encontramos con un vuelco hacia el relato, la prosa poética y versos que recrean un vuelo en la página. Los pájaros continúan siendo una presencia central, al igual que en la trilogía y, sobre todo, El primer libro. ¿Qué simbolizan para usted y de dónde cree que proviene su filiación con ellos?

SF: Los pájaros representan el conocimiento de las cosas, escribió Inmanuel Sweswnborg, el sabio, científico y místico sueco “que hablaba con los ángeles” (Borges dixit) y que vivió entre los siglos XVII y XVIII. Esa frase, creo, se fijó en mi inconsciente y los pájaros empezaron a volar libremente en mi pensamiento y escritura, sin darles yo un significado especial. 

MC: Todo está vivo y es inmundo (Cuadro de Tiza, 2010; Jámpster, 2021) está escrito a partir de La pasión según GH de Clarice Lispector. En los fragmentos que lo componen se establece un constante vínculo entre palabra y vacío, lo mismo que usted estudió en El poliedro y el mar de Eduardo Anguita. ¿Por qué le ha interesado tanto indagar en esta relación? 

SF: Tanto la palabra y el vacío en Anguita como la palabra y el silencio en Clarice Lispector representan un acercamiento al desafío de la escritura. Escribir aquello que queda silenciado entre lo escrito es, por lo demás, el desafío de muchos poetas. Lo más importante es aquello que no se nombra, que no se puede nombrar, me dijo una vez Juan Luis Martínez.  En la hora de mi muerte no seré traducible en palabras, (…) La hora de vivir tampoco tiene palabras, escribe Clarice en “La pasión según G.H.” Pero el vacío, ¿es diferente al silencio? Imagen del hombre, imagen desierta, / mar, tú como yo, aún no tienes nada. / ¿En dónde estás Nada rugiente? (…) Soy como tú: lugar inhabitado / Soy como tú: lesión horrible. / Tú como yo: qué loca lejanía. / Tú como yo, con la mitad al otro lado, / y en tu pauta vacía, la música posible escribe Anguita en “El poliedro y el mar”.

MC: En 2012, se publicó Ahora mientras danzamos, su traducción de poemas de Safo; ahora acaba de aparecer Poemas místicos (Lecturas Ediciones, 2021), sus versiones del sufí Al Hallaj; y, además, se encuentra trabajando con la obra de Emily Dickinson. Están claros los lazos de estas tres estas poéticas con la suya: lo femenino, lo erótico y lo espiritual son ejes que conviven y se intersecan en su escritura. Pero, más allá de eso, ¿cree que ha existido una conexión más estrecha entre los actos de traducir y escribir poesía? 

SF: La verdad es que yo no soy traductora, solo es entusiasmo por la poesía que, aún leída otro idioma, me despierta una premura por desentrañarla en mi idioma. El trabajo en los tres casos ha sido muy lento y siempre ayudada por la lectura de otras personas que manejan el idioma del texto que estoy traduciendo y que poseen sensibilidad poética. La relación con la propia poesía es muy cercana. Por eso, en general, llamamos versiones a la poesía traducida por poetas.

MC: 1985 (Das Kapital, 2015; Los Perros Románticos, 2021) también explora un camino marcadamente distinto al de la trilogía La vocal de la tierra. A través de la polifonía, el cruce de las voces y la particular estructura que posee se da cuenta de la violencia omnipresente de la dictadura militar. En especial, parece remarcarse el rol cómplice de la indiferencia, el individualismo y la falta de empatía, no menos perjudiciales que la agresión directa. Curiosamente, este libro vio la luz en 2015, 30 años después de terminado. Ahora se reedita en medio de grandes cambios, derivados del Estallido Social, y podría pensarse que fue escrito recién. ¿Solo han sido coincidencias? ¿Qué piensa sobre el recorrido de 1985?

SF: La verdad es que ese texto quedó guardado tal como fue escrito en 1985 y no fue “retocado”. Era parte de otro texto más largo, pero en sí era una unidad diferente. Releyéndolo, años más tarde, fue que pensé publicarlo como un libro. Tiene el formato de un drama, dividido en jornadas, episodios y cuatro personajes unidos por un viaje en la línea 1 del Metro, que termina en la estación Escuela Militar. Son cuatro monólogos silenciosos que se entrecruzan dando cuenta de la realidad brutal que se mantenía silenciada y de la osadía, y a la vez el miedo, a ser descubiertos como opositores al régimen militar. La reedición de 2021 se debe a la voluntad de la editorial Los Perros Románticos por publicarla luego del estallido social, tal vez por las similitudes y diferencias con uno de los momentos más crueles (1985: caso de los degollados, asesinatos de los hermanos Vergara) de la dictadura. La similitud es la violencia brutal de quienes poseen el poder y las armas; la diferencia es que en 2019 no hay miedo. Más aún, la motivación y osadía de las y los jóvenes, las consignas y los carteles que dan cuenta de una lucha por la dignidad, para quienes hemos sido testigos de ambos eventos, son un hilo profundo de continuidad con el objetivo, los deseos de justicia y cambios propuestos por la Unidad Popular.  

MC: A comienzos de la pandemia y las restricciones sanitarias, usted declaró “falta la calidez de lo cercano, los aromas, las miradas, los abrazos”. Pero el deterioro en las relaciones humanas e interpersonales era ya una característica distintiva de nuestra época, dada la realidad económica, política, comunicacional que vivimos. ¿Cree que la poesía desempeña algún papel ante esa falta? ¿Puede ayudar a recuperar ese abrazo, esa calidez, esa humanidad?

SF: No sé si la poesía en sí misma podría ayudar, pero sí los encuentros, compartir la poesía, leerla y “contaminar de poesía” a quien te escuche. Abrir la sensibilidad y los cerebros, eso podemos hacer, además de abrazar largamente a quienes has añorado y no has visto ni tocado en dos años, que son muchos.

MC: A pesar del contexto mundial y nacional, su obra se encuentra en un momento muy favorable de circulación y publicaciones, así lo atestiguan los títulos que hemos comentado. De igual manera, siempre ha mantenido un gran contacto y cercanía con las nuevas generaciones de escritoras y escritores. En este momento de su vida, y después de más de 30 años de trabajo que nunca han estado exentos de desafíos y adversidades, ¿qué significa para usted esta recepción?

SF: Me sorprende y me encanta encontrar o saber que alguien, alguna o algún joven por allá lejos, lea con placer mi poesía, que en realidad no es mía, pues un libro ya no te pertenece al ser publicado. Siempre he estado leyendo a los, las y les jóvenes; he aprendido mucho de ellos y también les he abierto el cerebro, enriqueciendo su sensibilidad con lecturas de quienes nos precedieron en este oficio –o locura-. Les he puesto a trabajar desde el primer día, diciéndoles que a partir de un texto escriban lo que quieran, y se han sorprendido de lo cercana que les era la poesía.

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